Anhelar

Hay veces en que sales a la calle sintiendo
que lo mejor que podría pasarte es que te arrolle un auto
hueles el esmog y por alguna razón piensas
que es buen momento para arrepentirse de todo
de lo que has hecho
lo que no has sabido hacer
de lo que has decidido
de lo que has dejado pendiente
y te sientes tan cobarde que temes
que tus impulsos suicidas te lleven a de verdad pegarte un tiro
o arrojarte delante de algún autobús
o alguna de esas cosas que en realidad no quieres
pero te sientes tan débil
que crees que no importaría
que daría exactamente igual
si todo terminara dentro de veinte o treinta años
o diez segundos
pero todo lo que tu quieres es llegar a casa y cenar algo
platicar con los tuyos y que todo sea normal
solo quieres cerrar los ojos
y que la noche dure más
recibir una llamada
escuchar un te quiero breve
fugaz pero necesario
que poco a poco te salvaría
de sentirte transparente
tan tenue que temes ser irreal
de sentir ese impulso constante de arrojar con furia la libreta
de golpear el escritorio
de dar la cosa por perdida
de gritar algún improperio
aún a sabiendas de que quedarás como un idiota
pero ya te sientes como uno
así que nada cambiaría demasiado
y decides al final
que lo que hay que hacer es beber algo y esperar
que el daño no sea grave
y te sientas en la acera a ver los autos pasar con la gente dentro
tan normal
tan tranquila
y tu haces lo que mejor sabes hacer

anhelar

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Eduardo C, dos historias sicodélicas

Sonaba un ladrido en la escala de sol. Una tía se mecía en su silla en la terraza con sus pies dentro del agua caliente. Lo gritaba a Eduardo C algo sobre el agua que hervía en alguna estufa. Era hora del té. Eduardo C pensó en la silla que crujía lastimeramente. Apenas soportaba el peso de su enorme tía. La pobre silla. Pensó en el té conforme se acercaba a la estufa, donde la tetera siseaba como un tren con afonía. Pensó en los trenes, en las pobres vías que soportaban el peso  de esas enormes máquinas. Las pobres vías. Pensó en un viaje. Sin destino ni retorno. Sirvió el agua en la taza, luego puso el té. Pensó en la tarde y en la pintura que pretendía adornar la pared del extremo opuesto. Una horrenda pesadilla impresionista con un campo de trigo y unas sillas. Alguien chocó unas copas en la cocina. Eduardo C sintió que alguien sonaba un címbalo dentro de su cráneo. Sintió que le tomaban la cabeza con ambas manos y la estrellaban sin piedad contra los platillos de alguna batería. Pensó en esas maravillosas canciones que conocía, luego trató de recordar algunos poemas que había leído. Alguien destapó algo, lo supo por el sonido del corcho al salir, y por el aroma que inundó la estancia. Vino. Vino entrando por sus fosas nasales, en dirección a su estómago, a sus intestinos, a sus venas. Escuchó una voz ofreciéndole una copa, pero Eduardo C no se molestó en voltear. Aquella pintura lo tenía anonadado. A lo lejos oyó al perro que ahora chillaba en do menor. Luego a su tía ladrando a dueto. Distinguió que gritaba su nombre, pero aquella espantosa pintura y el aroma del vino lo tenían absorto. La voz fue perdiendo calidad hasta oírse como esas grabaciones en discos enormes y negros de los que solo había oído hablar a sus abuelos. De repente la tierra se meció y el suelo crujió bajo sus pies. El apocalipsis por fin, pensó. Pero en su lugar distinguió pisadas que se iban acercando, una tras otra con lentitud exasperante. A su lado, su tía estiraba su mano como un tentáculo enorme de los que no hay escapatoria, y le arrebataba la taza de la mano. Oyó que balbuceaba algo con voz ahogada, como si viniera del fondo de algún océano. Pensó en ahogarse. Lo siguiente que supo fue que le tiraban el agua ya fría en la cara. Pensó en la lluvia. Luego, una bofetada que casi le arranca el alma, pero aquella pintura no lo dejaba ir. Eduardo C pensó en el dolor.

II.

La luz proyectaba sus sombras infinitas sobre el techo. Cada haz de color distinto, danzaban como esas luces boreales de los rincones del planeta. Ella sacó su pañuelo del bolso y restregó sus anteojos. Bebió un sorbo de aquello que ya casi terminaba en su vaso. La gente platicaba en la habitación, y también se oía el eco de una música ensordecedora saturar el ambiente hostil que se respiraba. Las mujeres en hilera frente a la pared como esos desgraciados que esperan a ser fusilados. Los hombres a la caza. Ella cierra sus ojos y pide para sus adentros que si llega su turno, disparen pronto. Solo quiere que aquello termine rápido, cuanto antes mejor. Se imagina lejos. Donde? Hace una lista mental por orden alfabético y comienza por el último: Zimbabue. Respira profundo. Africa siempre es un gran riesgo, piensa. Mientras, se imagina cruzando la sabana y quizá esquivando algunas balas y una que otra enfermedad mortal.

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Puedes

Puedes enfrentarte al desencanto con tristeza
o con ironía
y si lo haces con ironia
lo menos que puedes hacer es reirte
puedes esperar horas y horas mensajes que sabes que no llegaran
puedes caminar y caminar por calles que nadie transita
e imaginarte para tus adentros lo solo que debes estar
y volverte a lamentar
puede que te des cuenta de que eres tu el unico culpable
y no te reconozcas a ti mismo cuando te veas en algun espejo
puede que creas que no eres nadie o eres cualquiera
puedes sentir furia por momentos
y desquitarte con las cobijas o con la almohada
y bajar a la cocina a toda prisa buscando algo que mitigue
el insomnio insufrible que los recuerdos te acarrean algunas noches
y te sientas de humor perfecto para estrellar tu cabeza contra la pared
pero te des cuenta de que eres cobarde y la pared es demasiado suave
y solo puedas encontrar el valor necesario para estrellar tu cabeza
de nuevo en la almohada
y albergar la vaga esperanza de que falte poco, muy poco
para que el triste despertador suene
puedes cubrirte de miseria
y sentir lastima de ti mismo
todo cuanto quieras
todo el tiempo que quieras
puedes tirarte en la cama
y preguntarte cualquier cosa
todas las cosas
y seguir con la duda hasta que suena el despertador
a esa hora de la madrugada
en la que recuerdas que hay una rutina que mantener
puedes sentarte adormecido frente al piano
y tocar algunas notas
que nadie va a escuchar
o puedes esperar
a que todo aquello se desenvuelva solo
y tu esperas sentado al borde de tu cama
sabiendo muy adentro de ti
que nada va a cambiar si no te pones esos zapatos
si no caminas
si no tomas el autobus
si no paras en ese establecimiento a llenar el vaso de cafe
si no te sientas en la computadora y comienzas
puedes quedarte viendo el reloj
viendo como las manecillas cobran vida
y los minutos pasan y pasan y pasan
y tu sabes muy dentro de ti
que vas creciendo
que vas haciendote viejo
que no hay marcha atras
que un final se acerca y no se puede mitigar
o puedes sacudirte la cabeza
y sentir la vida fluir
sentir que aun te corre en cada latido
en un ascenso que puede tener fin
pero sientes ese fin aun lejano
puedes recordar las preguntas
y hacertelas de nuevo y esta bien
pero tienes cien años para descubrirlas
y si no hallas la respuesta tambien esta bien
porque que es la vida sin algo aun por descubrir?
puedes pensar en todo lo que no has hecho
los lugares que no has visitado
las canciones que no has escuchado
las películas que no has visto
los libros que aun no conoces
las personas con las que aun no te cruzas
puedes pensar en todo eso y esta bien
porque la vida no es vida si no te queda algo por vivir
puedes quedarte sentado y cubrirte de miseria
y sentir lastima de ti mismo
todo lo que quieras
y despertaras mañana y todo sera igual
y te veras en el espejo y nada habra cambiado
tendras la misma cara, el mismo cabello
y los mismos problemas
y sentiras la amargura y el cansancio
o puedes regresar a la cama
faltar ese dia a lo que sea que debas hacer
puedes llamarla y oirla decir algo sencillo
y sonreir
puedes quedarte mirando la pila de libros amontonados
y recordarlos y volver a vivir esas vidas en una mañana
puedes imaginarte al filo de un precipicio
a punto de caer
y recordar que aun tienes camino a tu espalda
que aun puedes volver atras
que aun puedes alterar el curso
si entras a la ducha un minuto antes
si usas la otra colonia
o si no usas ninguna
si compras otros anteojos
si escojes otro libro para el camino
si buscas nueva musica
si recuerdas que la cosa tiene solucion
si la llamas y le dices algo sencillo y luego cuelgas
si compras un expresso y reunes las agallas
y esperas un momento en un parque
sintiendo el frio y preguntandote todo con la paciencia necesaria
para sentir la vida encajada en las venas
y retar a la muerte con una copa en la mano y la cabeza vacía

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Calles de por aquí

Una tranquila tarde de esas últimas de enero. Fría como todas, pero no tanto. En la calle, los rescoldos de las lluvias de hacía dos semanas: charcos y lodo. Algunos perros ladrando y un aroma general de putrefacción. Estas calles dan la impresión de guardar algún peligro en cada esquina. Tienes que caminar rápido, con rumbo fijo, detenerte lo menos posible, sin fijar la vista en nada, pero al tanto de todo a tu alrededor. Estas calles te hacen sentir ínfimo, insignificante. Como una presa. Con la certeza de que hay algo siempre al acecho. No sabes en que casa, en que esquina. Podría ser en todas, podría no ser ninguna. El sol las baña, pero sin convicción, sin adornar nada, sin embellecer nada. Los gatos y los perros se dan cita puntual en los botes de basura de las casas que los tienen, o en los montículos de desperdicios que hay afuera de las que no pueden pagar uno. Pasas inadvertido entre ellos, que no separan la vista de su fétido banquete. Las calles te infunden tristeza. Desconsuelo, desencanto. Como si aquella gente viviera ahí solo por tener que vivir en algún sitio. Apenas oyes un pájaro cantar. Como si ni ellos sintieran ganas de estar ahí. Hay viento leve, que mece las ramas de los árboles altos sólo por inercia. Es helado y lo sientes rasparte la garganta con cada respiro. Es un lugar único en cierto sentido. Sólo estando ahí he sentido físicamente que cada segundo que pasa estoy mas cerca de la muerte.

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Frutos

I.
Espiga joven
creciendo en su tierra plena
mirando
al alba con ojos fértiles
mirada de verano y luz
es trigo y tierra y árbol
nube en su lluvia alta

mecidos por el viento
sus cabellos negros que danzan
en silencio celebrando su libertad

II.
Callada y secreta
como agonía al acecho
como ola constante en su cadencia
en su ausencia que se siente
y se sufre como estocada perpetua
mapa de un dolor que se extiende
hasta rozar los bordes
de lo que parece infinito
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